Cuando un periodista muere

0
57

Del blogg de Claudia Campanini

Cuando un periodista muere, los periodistas nos damos cuenta que no somos inmortales y que la muerte nos puede estar esperando a la vuelta de la esquina.

¿Estoy diciendo que los periodistas nos sentimos inmortales? No precisamente. Digo que en nuestro diario vivir se nos olvida que en muchos aspectos somos vulnerables. Generalmente asumimos, inconscientemente, que podemos acercarnos a la muerte de vez en cuando y que tenemos un tipo de “bendición especial” que nos precautela la vida. Damos por hecho que regresaremos a casa, no importa cual sea la cobertura.

Sólo así se explica que cuando un lugar es evacuado por una epidemia, por ejemplo, mientras todos salen, el periodista entra. Cuando ocurre un incendio y todos deben huir, el periodista debe estar lo más cerca posible. El periodista mira a los ojos a los más despiadados asesinos, entra a zonas de conflictos, se asienta en lugares inestables y respira todo tipo de gases.

No es que pensemos que somos héroes, pensamos solamente en ir, grabar, levantar historias y volver a salir para contarlas. Casi siempre esa “bendición especial” nos devuelve seguros a nuestros hogares.

Pero, claro, no estamos siempre blindados; y lo más irónico es cuando la muerte llega silenciosamente… En el momento menos pensado. Irónico es que después de sortear tantos peligros en tu carrera periodística, la muerte un día te atrape acostado en una cama, fuera de tu ejercicio profesional, y no te deje escapar. ¿Como es posible? Cuando de peores escenarios te habías librado.

Hace un par de días el gremio periodístico en Bolivia y los asiduos espectadores nos vimos sorprendidos por dos muertes que llenan de impotencia porque se pudieron haber evitado. El joven periodista Erick Salazar y su novia, también dedicada al ejercicio periodístico, Tania Vargas, murieron por la aspiración de monóxido de carbono a causa de un deficiente sistema de calefacción. Ocurrió cuando, en todo su derecho, compartian un momento previo a un descanso de feriado.

Personalmente considero que hubo una negligencia de parte de los administradores del lugar que no vigilaron sus conexiones. Este “descuido” cuesta hoy llanto, luto y dolor en las familias de los dos jóvenes “promesas” que tenían toda una vida por delante.

Mal haría yo en hablar de las virtudes o defectos de ambos porque muy poco los he conocido, pero lo que sé de ellos es que eran dos jóvenes que iniciaban sus carreras periodísticas con los afanes y las ganas que ello implica. Él, siempre de sonrisa amable y mirada serena… ella, dedicada y prolija. Ambos elegantes y especialmente aliñados. Si me pongo romántica y arbitraria podría concluir que eran “el uno para el otro”… pero bueno, mal también haría en ponerme a hablar de sus vidas privadas que de hecho tampoco conozco.

Raya en el asombro que una persona que estuvo expuesta a ciertos peligros, como en el caso de Erick: la cobertura post terremoto en Ecuador o el asesinato del viceministro Rodolfo Illanes, muera en un segundo de su vida personal… nada más y nada menos que descansando.

Los periodistas son una especie de amigos y rivales, todo el tiempo. A diferencia de cualquier otro oficio, aquí no trabajas con tus compañeros de oficina, el encuentro diario es con periodistas de otros canales. Esa competencia por la primicia, esa molestia que te provocan los métodos de tu “vecino”; peleas y reconciliaciones, son el pan de cada día. Sin embargo, también existe una especie de solidaridad y cooperación de los unos con los otros: “¿Dónde estás? Está hablando el vice, corré”, se pasan la voz, porque después de todo, se estiman y consideran.

Por eso duele cuando un micrófono se apaga para siempre. Cuando sabes que no encontrarás nunca más a tu colega en cobertura, (aunque hoy lo llamarás para que no lo “pateen”). Cuando una imagen no será captada nunca más por un camarógrafo que queda “chulla” por mucho tiempo, no solo en los hechos, sino también emocionalmente. Cuando una voz desaparece por siempre de la radio.

Cuando un periodista muere, mueren las historias que pudo haber contado, mueren sus letras, muere su voz, mueren esos ojos desconfiados que miraban a los políticos, mueren sus inquietudes sociales, mueren sus talentos… Mueren sus prisas, su estrés, mueren sus nervios, las promesas a su familia de estar con ellos el próximo feriado, porque éste tiene turno, mueren también. Pero sobre todo, muere el hijo de alguien, la hija, el hermano, la hermana, en algunos casos muere el papá o la mamá de un niño. En fin, cuando muere un periodista, muere una persona… y con ella muere un mundo.

Facebook Comentarios

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here