El retorno del machismo

Esos temas considerados de izquierda no lo son en propiedad, como la desteñida lucha de clases, son contradicciones secundarias.

0
36

*Por: Carlos Decker-Molina

“Hay que recordar que la corrupción no tiene color político, roba el de izquierda y el de derecha, el conservador y el progresista. El banquero y el campesino; el problema  es cuando la corrupción se convierte en parte del sistema”.

Las victorias de USA, Polonia, Hungría, Turquía y ahora último Brasil no son respuestas categóricas a la corrupción de la izquierda, aunque la corrupción tiene un lugar que no hay que menospreciar, pero, no es el factor determinante.

En un reportaje a las mujeres que apoyan a Trump hecho por Björn afKleen del DagensNyheter (Estocolmo) está la explicación del voto de las mujeres en favor de un misógino como el presidente de USA. Se trata del mismo tipo de mujeres que apoyan a Bolsonaro.

La mujer (blanca) en USA sólo en dos elecciones (1964 y 1996) apoyó como colectivo al candidato demócrata. 15 veces los hizo por los republicanos. En 2016 lo hizo masivamente por Trump. Una de ellas es la veinteañera Laci Williams que estudia en una universidad liberal, a pesar de ello Laci es tradicionalista, “no soy odiadora del hombre, soy su protegida”

Para combatir a la izquierda feminista, ha fundado una revista en la que defiende los “atributos naturales de la mujer como la moderación y la humildad, pero, al mismo tiempo propone estar en guardia contra la fuerza y el coraje patriarcal”.

La revista tiene una columna sobre relaciones y aconseja cómo comportarse en la primera cita. Aconseja no aparecer como “intelectual”, evitar el “elitismo”. Ser, más bien “humilde” que es la “cualidad más atractiva que tiene la mujer”. Finalmente desaconseja tener “prisa” y pone de ejemplo a Trump y Melania, “Donald pidió a Melania dos veces en matrimonio”. No menciona que Trump era divorciado.

Uno años atrás en un país socialista hablé con un colega sobre las guarderías en Suecia. Centros que ayudan a cuidar a los hijos, docentes que preparan a esos infantes para la escuela. Relaté mí propia experiencia, aunque mis hijos ya no estaban en edad de guardería, pero no podíamos recogerlos a las 15 o 16 porque trabajábamos hasta las 18, esas dos o tres horas los acogían en centro pedagógicos de entretenimiento que tienen todas las escuelas.

El colega del país comunista justificó su espanto con dos argumentos: El primero es que las guarderías quitan el rol materno y el segundo son centros de “lavaje cerebral comunista”. Le recordé que Suecia no era país comunista y que tal vez el único “lavaje” era el laicismo y la enseñanza socratiana de preguntarse siempre “por qué”.

Lo volví a encontrar en su exilio en París, había obtenido la ciudadanía. En la última elección, no votó por Macron sino por los defensores de los valores tradicionales, la familia, el orden y la disciplina, es decir por el Frente Nacional.

Cuando un evangelista estuvo a punto de ganar las elecciones en Costa Rica, dialogué con una colega sobre las razones de ese ascenso. Ella me escribió: “La gente tiene miedo al cambio social que estamos viviendo, y ante la incertidumbre que le producen los matrimonios homosexuales y la transexualidad, se refugia en partidos políticos religiosos que ofrecen defender a la familia tradicional”.

La colega tica sostuvo finalmente que el tema merece un debate mundial abierto y planteó el conflicto sobre los derechos humanos, “¿acaso es un derecho humano actuar contra la naturaleza? O ¿acaso el ser humano no se ve fortalecido a sí mismo cuando ejerce el dominio propio?”

Pienso que estos temas considerados de izquierda no lo son en propiedad, como la desteñida lucha de clases, son contradicciones secundarias a las que se arrimaron tanto la izquierda como el liberalismo y no los manejan como transformaciones importantes que deben ir precedidas por un debate, sino como clichés demagógicos de la posmodernidad.

En esos clichés figura la teoría de género que quiere reescribir todo con un lenguaje inclusivo y sale un mamarracho al que personalmente me niego.  Por eso me atrevo a decir que los Bolsonaro o los Trump son el retorno a la aristocracia de los huevos.

Las iglesias contribuyen a ese retorno, un peligro al que nadie parece darle importancia, porque están más preocupados en etiquetarse como izquierdistas corruptos y derechistas morales.

La iglesia universal del reino de dios (me niego a escribir con mayúscula) dirigida por Edir Macedo Bezerra con millones de adeptos, tiene un programa que se emite en todo el continente latinoamericano que se llama Pare de sufrir. Macedo en una de sus prédicas aporrea a los “desviados” (homosexuales), a las mujeres que piensan libremente y a los “vagos de izquierda”.

Este predicador es uno de los soportes económicos y políticos de Bolsonaro, igual que los pentecostales en EEUU que apoyan a Trump (el vicepresidente es activo miembro de esa iglesia) o los ortodoxos que apoyan e Putin; o los musulmanes que apoyan a Erdogan, quien que no permite que la “primera dama” vaya a su lado sino cuatro pasos detrás, prohibida de dar la mano a sus anfitriones, además con la cabeza cubierta con una pañoleta.

En los 90, Turquía tuvo a Tansu Çiller como primer ministro. Mujer sin pañoleta en la cabeza, economista y doctora en filosofía. La Ciller no era de izquierda.

No se trata de que los ultras del siglo XXI sean herederos directos de Hitler, no. Los tiempos han cambiado y ellos también. Son el caballo de Troya que pretende desmontar la democracia, en ese propósito se parecen al socialismo del siglo XXI. Autoritarios, irrespetuosos de su propia ley, prorroguitas y corruptos.

Hay que recordar, empero, que la corrupción no tiene color político, roba el de izquierda y el de derecha, el conservador y el progresista. El banquero y el campesino, el problema es cuando la corrupción se convierte en parte del sistema.

Estos movimientos políticos son el caballo de Troya que en Hungría se hacen llamar “demócratas iliberales”, un sistema creado por Orban, instituciones de la democracia liberal vigentes, pero todas controladas por el gobierno. La red de protección de la democracia ha sido desmontada, y eso solo tiene un nombre: Nazismo de traje y corbata.

Todos estos nuevos líderes tienen el mismo idioma: “Los pueblos originarios son hediondos”. “Los inmigrantes son sucios”. Los afrodescendientes no hacen nada, no sirven ni como reproductores”. “Los africanos son flojos, les gusta vivir de subsidios”. “Los homosexuales estarían mejor muertos” Los homosexuales son enfermos psíquicos”. “Hay que liberalizar la ley de armas. Estamos en guerra”.

Esas expresiones no son parte de un cuerpo programático, son apostillas de una ideología machista, muy cercana al militarismo y por lo mismo neofascista; en esos casos no importa quién es el ministro de economía o el de relaciones exteriores.

Facebook Comentarios