El Magni M24 que resistió hasta volar en Copacabana
En Junio de 2024 fue el punto de partida. Hubo amautas, ofrendas a la Pachamama y un protocolo que no solo inauguraba una infraestructura, sino una idea: ver el lago desde el aire, convertir la altura en experiencia, abrir un nuevo horizonte turístico. Pero en Bolivia, inaugurar no sinónimo de operar.
Por: Tonny Lopez
Pasaron meses. Luego más meses. Entre y trámites, firmas, observaciones y silencios institucionales. Mientras tanto, la aeronave esperaba. Y detrás, Gyro Adventure Bolivia resistía.
Un día antes de mi llegada, el cielo ya había sido escenario de algo más que expectativa. La vi desde tierra: un punto rojo moviéndose con precisión sobre el lago. Me dijeron que “vino una autoridad”. No era un vuelo turístico, era una demostración. Una prueba final para mostrar que todo estaba listo, que la aeronave podía operar, que Copacabana podía verse distinta. Desde más arriba.
Al día siguiente llegué. No estaba como espectador, sino como un curioso con la intención de entender que fue eso lo que vi en los cielos.
El contraste es inmediato.
Abajo, están los de siempre: lanchas, peregrinos, comercio, el ascenso constante al Cerro Calvario, la iglesia de la Virgencita y la rutina turística. Arriba, en cambio, la promesa de otra mirada, una que pocos se animan a tomar. Porque es parte del miedo —y también la adrenalina— forman parte del viaje.
La aeronave impone. No por su tamaño —compacto— sino por lo que representa para toda Copacabana y quizá toda la parte majestuosa del lago y el altiplano. Es la Magni M24, moderna, roja, diseñada para condiciones exigentes en la altura como las condiciones del altiplano boliviano.
Subir no es automático. Hay una pausa. Una duda. Pero también curiosidad.
“Esto no fue fácil”, me dice Luis Morales, gerente operativo, mientras me cuenta lo que significa observando la nave en reposo. Su voz no suena a queja, suena a recorrido y los sueños cumplidos. “Casi dos años de trámites. Cada institución pedía algo distinto. Documentación, certificaciones… todo se alargaba”, pero en su rostro se veía la emoción de haberlo cumplido.
No fue solo burocracia. Fue estructura, “emprender en aviación en Bolivia es complicado”, insiste. “No hay acceso fácil, no hay infraestructura suficiente. Y aun así, decidimos hacerlo”, responde con un gran suspiro.
La empresa no solo invirtió en tecnología, invirtió en paciencia.
La aeronave también tuvo que adaptarse.
En su interior es todo compacto y moderno, el corazón técnico comprende de un motor Rotax 916, certificado para operar hasta 24 mil pies de altura. Una cifra clave en un país donde la geografía obliga a volar alto.
Pero el verdadero giro estuvo en el combustible.
Ante la escasez de gasolina de aviación, la nave fue acondicionada para operar también con gasolina convencional. Una decisión que redujo los costos y permitió viabilidad operativa. Cada vuelo consume cerca de 20 litros, con una autonomía de hasta cuatro horas, fácil llegar hasta Oruro ida y vuelta, y se abastece más de combustible, podría llegar a todo los rincones del país, menciona.
La diferencia es clara: mientras un helicóptero tradicional puede superar los 1.100 dólares por hora, esta aeronave reduce el costo de forma drástica, menos del 20% en su rendimiento. Lo que antes era exclusivo, ahora se vuelve accesible para todos.
Subir cambia todo.
Es el capitán Rudy Morales que no necesita convencer. Más de 30 años en el aire, formación en la Fuerza Aérea Boliviana y una memoria llena de historias lo respaldan en varios vuelos realizados.
“Algunos suben con miedo, otros con emoción”, me dice mientras revisa los controles. “Pero todos bajan distintos”, necesitan procesar toda la información recolectada, me recomienda.
No exagera.
El despegue es breve, el sonido se reduce, no sientes turbulencia. Y de pronto, ante tu mirada, el mundo cambia de escala, ves a los otros con la rutina de siempre, sientes tener el mundo en tus pies, como si de ti dependiera.
El Lago Titicaca deja de ser horizonte y se convierte en totalidad. La Isla del Sol aparece como un trazo íntimo. La Isla de la Luna se revela en silencio. El Calvario pierde su dimensión simbólica, se vuelve geografía pura, las calles y la isla de Copacabana parecen formaciones de rugbi o una maqueta que tiene vida y de toda la isla.
No es solo ver. Es entender. Es sentir.
Desde arriba, Copacabana deja de ser destino. Es un sistema.
“Al principio nadie se animaba”, recuerda Luis Morales. “Preguntaban, miraban, pero dudaban. Aquí no estamos acostumbrados a volar así”.
El precio —un promedio de 50 dólares por 45 minutos— no es la barrera. Es competitivo mientras el límite es solo cultural.
El miedo a despegar y hoy por hoy, ya cambió.
Después de casi dos años, la empresa cuenta con todos los permisos, documentación y autorizaciones legales para operar. Lo que antes era incertidumbre, ahora es servicio activo.
Pero esta no es solo una historia de turismo. Es una historia de insistencia.
De una empresa que sobrevivió a la burocracia, a la falta de condiciones y a la desconfianza. De un gerente que no soltó el proyecto. De un capitán que siguió volando incluso cuando el cielo no estaba completamente abierto.
Cada vez que la aeronave roja despega en Copacabana, no solo lleva pasajeros, lleva historias por y para contar.
Lleva una idea.
Que el turismo puede reinventarse. Que el altiplano también se puede mirar desde el cielo. Y que, incluso en Bolivia, donde todo tarda más de lo esperado, hay cosas que —si se sostienen lo suficiente— terminan por ocurrir, y si perseveras, lo terminas por concluir.
Ideas y emprendimientos son historias que tardan en despegar. Pero cuando lo hacen, cambian la forma en que todo los vemos.
Y en Copacabana, finalmente, el cielo ya está abierto.

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