¿Quién era Filemón Escobar?

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Del muro de Rafael Archondo

Hay seres humanos a los que uno siempre recuerda desde su registro íntimo, más que desde sus obras perecederas. Filemón Escóbar es uno de ellos. “¿Para qué me quieres pues entrevistar?, ¿para qué desde tu periodiquito después me saques la mierda?”. Fue la primera frase que le escuché decirme.

Comenzaba el Congreso Minero de Oruro. Ni siquiera me miraba, sus ojos atisbaban inquietos bajo los párpados agigantados. Su negativa rotunda me dejó desolado. Era visible que el Semanario Aquí, donde yo trabajaba, no era su favorito.

Decidí entonces que no me doblegaría hasta conseguir una declaración suya en mi grabadora.

Mi determinación llegó a extremos inaceptables. Me hice rápidamente su seguidor. Fui militante del “militante obrero”. Al concluir el Congreso, ya estábamos celebrando juntos la victoria de la tesis de Catavi. Filemón había vencido con su oratoria al “aparato” de la izquierda guerrillera. Acompañé sus pasos como un hijo devoto y necesitado. “Vos eres nuestro periodista”, me decía y se me aguaban los ojos. Cuando ya nadie lo secundaba, cuando el Congreso de la COB de Sucre decidió expulsarlo “por delación”, nos tomamos juntos un café en un puesto del mercado. No se sentía expulsado, le faltaba vivir lo más intenso: la llegada del MAS al Palacio de Gobierno. No lo dejaron disfrutarlo. Sumaba su segunda expulsión. “De tanto tiempo, Filipo”, le dije galante cuando estuvo por Erbol en 2014. “A vos te noto ya bastante ancianito”, me respondió. Pronto eso también será cierto.

Filemón fue un teórico incrustado en el alma de la clase obrera. Dijo y le creímos, que la COB podía ser gobierno y que los trabajadores no necesitaban de un partido para emanciparse. Cumplió con esa consigna hasta el día de su cáncer. Hizo que quienes alentaban a tomar las armas perdieran piso y ayudó a volcar las energías sociales en la lucha electoral.

Así evitó que Evo cometiera su peor equivocación: seguir los pasos del Che. Muchas vidas se salvaron con ello, incluida la mía, claro está.

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