La escasez de combustibles líquidos ha marcado el ritmo del día a día en Bolivia en las últimas semanas. Filas interminables de vehículos, paralización de actividades productivas, y amenazas de protestas por parte del transporte pesado han generado un clima de tensión e incertidumbre. Esta situación se ha visto agravada por el anuncio reiterado del Gobierno respecto a la supuesta llegada de buques con carburantes, que no logra restablecer la normalidad.
El ministro de Hidrocarburos y Energías, Alejandro Gallardo, anunció nuevamente que este jueves se dio inicio al proceso de descarga de tres buques con un total de 120 millones de litros de combustible en el puerto de Arica (Chile) y en otros no identificados en territorio chileno y peruano. La autoridad indicó que cada embarcación transporta aproximadamente 40 millones de litros, y que la distribución a través de camiones cisterna debería comenzar entre viernes y sábado.
“Felizmente, mañana (por este jueves) estamos comenzando el descarguío de los buques para lo cual estamos utilizando diferentes puertos debido a las situaciones geológicas que tenemos”, explicó Gallardo en conferencia de prensa. Añadió que se realizaron gestiones diplomáticas con Perú para facilitar el tránsito de cisternas hacia Bolivia.
Sin embargo, estas declaraciones no son nuevas. A lo largo del presente año, el Ejecutivo ya ha emitido anuncios similares asegurando la inminente llegada de combustibles, como ocurrió el lunes 26 de mayo, sin que la ciudadanía perciba una mejora real en el abastecimiento. Las filas persisten, el malestar crece, y la confianza en los compromisos gubernamentales se debilita.
En tanto, sectores del transporte han advertido con radicalizar sus medidas de presión si el Gobierno no ofrece una solución definitiva. En la ruta hacia la frontera con Perú, ya se registran bloqueos como protesta por la escasez, mientras gremios del transporte pesado exigen transparencia y resultados tangibles.
La crisis de combustible en Bolivia deja en evidencia las limitaciones logísticas y políticas del Ejecutivo para afrontar una situación que afecta la economía nacional y la vida diaria de millones de bolivianos. Las promesas reiteradas, sin resultados visibles, podrían traducirse en un desgaste mayor para la gestión de Arce, especialmente en un año preelectoral donde la credibilidad gubernamental está en juego.

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