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Arturo Murillo, el Bolas

Murillo pasa por ser el hombre fuerte. El duro. Aunque en su haber se cuente poco más que la niñera de Quintana, la joven apoderada que cargaba unos papeles de Evo Morales y un tuitero masista de pocas luces. También una acusación directa de Luis Fernando Camacho de haber amenazado a los retornados del exilio. Y también la de romper el espíritu “pitita” pidiendo la renuncia y enjuiciando a Rafael Quispe.

 

En la campaña de 2014, Arturo Murillo se hizo conocido más allá de su círculo próximo. Hasta entonces era un diputado gris algo esperpéntico salido de las entrañas del Chapare, pero no masista. Su jefe, Samuel Doria Medina, lo bautizó como “El Bolas” en un audio filtrado en el que el magnate amenazaba a la esposa de otro de sus colaboradores, Jaime Navarro, con mandarla a Trinidad si no retiraba una denuncia por malos tratos que le había interpuesto a su marido.

El audio tuvo su repercusión, aunque mucho menos de la que hoy podría desatar. Eran otros tiempos para el entonces candidato a la Presidencia que andaba en segundo lugar, muy alejado del primero, pero que básicamente reclamaba la unidad opositora respecto a su persona. Doria Medina daba cuenta en ese audio del fracaso de su intermediador – Murillo – que al ser “un bolas” no había sabido manejar el asunto y lo había obligado a intervenir.

https://youtu.be/015M5SqeniU

Murillo lleva en el Congreso desde 2005, cuando salió diputado con Unidad Nacional; en esa campaña de 2014 ya se había ganado el derecho a ser senador, y fue cabeza de lista por Cochabamba con Unidad Demócrata. Su declaración más famosa en cinco años de gestión fue aquella en la que recomendó a las mujeres “abortarse” tirándose de un quinto piso. “Mátense ustedes, pero no una vida ajena”.

https://youtu.be/4kHRi23mb9U

Murillo ya no se entendía a sí mismo sin la pega garantizada: Doria Medina y Rubén Costas jugaron a la alianza frente a Mesa y frente al MAS en las primarias de 2019. Pactaron Bolivia Dice No, pero a la hora de poner los gallos sobre la mesa, la presión de Costas hizo descarrilar a Doria Medina, que prefirió bajarse antes de verse relegado en la papeleta. Doria Medina se fue gritoneando como nunca y retiró a Unidad Nacional, pero en el barco se quedó Arturo Murillo.

Murillo habló de fraude electoral seguro a principios de octubre de 2019, tres semanas antes de las elecciones. No se le volvió a ver hasta el 12 de noviembre, cuando le sujetaba el micrófono y le soplaba ideas a la posesionada Jeanine Áñez, compañera en el Senado por años, que Biblia en mano ingresaba a Palacio Quemado.

Al otro día era Ministro de Gobierno. Dueño de la Policía en un momento especialmente convulso y para el cual se había estado preparando de la mano de Erik Foronda, el sempiterno «intérprete» de la Embajada de Estados Unidos, devenido ahora en secretario privado de la Presidenta y artífice de la línea maestra de la transición: la “mano dura”. También ensayó lo de que «el sol no saldrá y las estrellas se esconderán» en versión “la única salvación de este país”, referido a Áñez.

Murillo no tardó en señalar a Juan Ramón Quintana y emular sus formas: de la cacería a las esposas, de los carajazos a las amenazas. Su cortina favorita es la del Chapare, que es de donde procede y por tanto dice conocer bien. Tan bien que se atreve a dar clases a los periodistas de lo que se debe y no se debe preguntar al respecto de ese territorio.

Disfruta del tono duro, de la escenografía militar – policial y ya hay quien le compara con Luis Arce Gómez. Y también lo disfruta. Murillo se presenta como azote del narcotráfico mientras las avionetas se le escapan por el Beni natal presidencial y hasta ha tenido que reconocer que el Gobierno contrató a un narcotraficante en el Ministerio de Desarrollo Rural y Tierras de Eliane Capobianco – sin que nadie renuncie por ello -. Murillo dijo que la contratación fue intermediada por un alto cargo de Santa Cruz, sin citarlo, algo que los periodistas podrían justificar con “secreto de fuente” pero que en su cargo no corresponde el silencio.

Murillo pasa por ser el hombre fuerte. El duro. Aunque en su haber de detenciones se cuente poco más que la niñera de Quintana, la joven apoderada que cargaba unos papeles de Evo Morales y un tuitero masista de pocas luces. También una acusación directa de Luis Fernando Camacho de haber amenazado a los retornados del exilio. Y también la de romper el espíritu “pitita” pidiendo la renuncia y enjuiciando al starman Rafael Quispe.

Tal vez nadie se ha preparado tanto un papel como Arturo Murillo. El tiempo dirá si lo ensayó suficiente. Su jefe le llamaba “el Bolas”.

 

EL PAÍS

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