Por: Juan Pablo De Rada
Pero no todo funciona bajo ese molde.
En contraste, existen los llamados negocios éticos, aquellos que cobran un precio justo, pensado en el bolsillo del consumidor y en la accesibilidad del producto. Este concepto —hoy más vigente que nunca— tiene raíces antiguas: fue planteado en el siglo XVI por el pensador Tomás de Mercado, y con el tiempo evolucionó hacia lo que en el siglo XX se bautizó como capitalismo social. Una fórmula donde sí existe ganancia, pero el fin último no es el dinero, sino el servicio, la comunidad y la posibilidad real de acceso.
Ese modelo se puede ver hoy en dos ejemplos claros.
Uno, ya conocido por muchos. El otro, una verdadera sorpresa protagonizada por una panadera que se ha ganado la atención del país.
Detrás de la UMSA funciona un quiosco que vende café a 4,50 bolivianos y chocolate a 5. No es el típico café universitario; es un producto de calidad, accesible y sostenido por un pequeño emprendimiento privado. Las filas lo confirman: cuando la calidad se mezcla con precios justos, la gente responde.
Y a esa lógica se suma la aplaudible Nora Vargas, quien desde su panificadora decidió vender el pan a 0,50 bolivianos. Su explicación es directa y contundente: “Pensé en la gente que no tiene para pagar el precio actual del pan”. Esa frase, en sí misma, define lo que es el negocio ético: poner a las personas en el centro.
Mientras algunos detractores del capitalismo proclaman que debe desaparecer, quizás lo que realmente debe morir es ese capitalismo reducido al puro beneficio económico. Lo que debería crecer —y viralizarse— son estos ejemplos de capitalismo social, donde la ganancia es un medio, no un fin, y donde se mira a la gente antes que al margen de utilidad.
Porque sí: aún existen negocios que no solo venden productos, sino también principios. Y esos, hoy, son más necesarios que nunca.

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