Por Gustavo Calle
Ese día, tuve el honor de comentar su exposición. Habíamos leído su célebre ensayo “Adiós a Aristóteles”, un texto fundacional que replanteó los cimientos del pensamiento comunicacional latinoamericano. Beltrán nos habló de ética, de poder, de palabras, de persuasión, de manipulación, de información, de comunicación. No desde un pedestal académico, sino desde la práctica viva de la comunicación horizontal que él mismo predicaba.
El adiós a Aristóteles: crítica a la comunicación tradicional
La exposición de Beltrán partía de una crítica profunda a la comunicación tradicional, aquella inspirada en los modelos norteamericanos de la posguerra: el esquema emisor-mensaje-receptor. Todos ellos concebían la comunicación como un proceso lineal, instrumental y de control en el sentido técnico: el emisor controla el mensaje y busca un efecto sobre el receptor.
Esa mirada, tan influyente en los años cincuenta y sesenta, reducía la comunicación a transmisión de información, negando su dimensión cultural, social y política. Para Beltrán —y para toda la Escuela Latinoamericana de Comunicación— aquello equivalía a una forma de dominación simbólica: los medios actuaban como vehículos de poder vertical, no como espacios de diálogo.
Desde esa crítica, el autor boliviano formuló su hipótesis principal:
Manipulación y persuasión: una línea ética
Durante aquella charla, Beltrán hizo una distinción que me marcó profundamente:
Esa diferencia, sencilla pero decisiva, abría un debate ético sobre la función del comunicador. La manipulación presupone una relación desigual —un sujeto que domina a otro mediante la falsedad—, mientras que la persuasión busca la adhesión razonada y consciente. Es decir, una comunicación fundada en la honestidad intelectual y el respeto al interlocutor.
En su ensayo, Beltrán le dio una mirada más esquemática a la persuasión, muchas veces se lee como manipulación; en la charla, nos advirtió de una manera diferente de comprenderla. En ese sentido fuimos testigos de una evolución conceptual.
En la práctica, Beltrán no solo hablaba de comunicación horizontal: la encarnaba. A pesar de ser el primer doctor en Comunicación en Bolivia y uno de los teóricos más reconocidos de América Latina, se dirigía a nosotros —estudiantes aún— llamándonos “colegas”. Ese gesto simple tenía un enorme contenido político y pedagógico: nos situaba como interlocutores válidos, no como receptores pasivos.
La Escuela Latinoamericana y el sentido liberador de la comunicación
La propuesta de Beltrán coincidía con el pensamiento de Paulo Freire, Mario Kaplún y otros autores que plantearon una comunicación para el desarrollo y la liberación, opuesta al modelo dominante de la información unidireccional. Para Beltran, información no es igual a comunicación. La primera es lineal, la segunda dialógica. Frente al esquema lineal de la industria mediática, Beltrán proponía una comunicación dialógica, participativa y culturalmente enraizada.
La Escuela Latinoamericana de Comunicación no fue un conjunto de teorías aisladas, sino un movimiento intelectual que buscó descolonizar la palabra. Cuestionó la dependencia académica del Norte y propuso pensar la comunicación como proceso (como un acto de cooperación que busca la construcción de una conciencia común) desde nuestras realidades: desde el campesino, la radio comunitaria, el barrio popular, la asamblea vecinal.
La vigencia de una lección
Hoy, cuando los algoritmos deciden qué vemos, y la posverdad diluye los límites entre información y propaganda, las advertencias de Beltrán cobran una nueva relevancia. La comunicación horizontal no es solo una técnica: es una ética y una política de la palabra. Supone devolverle dignidad al acto de comunicar, hacer que el otro vuelva a ser escuchado.
Recordar aquella jornada en la UPEA no es solo un ejercicio nostálgico. Beltrán nos enseñó que la comunicación puede servir para liberar o para someter. Y nos pidió —a nosotros, sus “colegas”, vaya que ese gesto me caló fondo — elegir el camino del diálogo y de la verdad compartida.
En tiempos donde la mentira circula más rápido que la reflexión, su lección suena más urgente que nunca.
Epílogo
Luis Ramiro Beltrán falleció en 2015, pero su pensamiento sigue vivo en las aulas, en los medios comunitarios y en la memoria de quienes lo escuchamos en El Alto. Su paso por la UPEA fue más que una visita académica: fue un acto de coherencia, un maestro que practicó lo que enseñó.
Mi breve homenaje a los 23 años de la carrera de Comunicación, recordando el paso del Dr. Beltrán por sus aulas.


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