Por el antropólogo Pablo Novoa Alvarez
La arqueóloga boliviana Rosa Villanueva Chuquimia, realizando hace unos cinco años un inventario arqueológico en el municipio de Calacoto, provincia de Pacajes, ubicó unas marcas que parecían rodadas o caminos tallados sobre piedra; les tomó varias fotos, pues ella no encontraba explicación sobre dichos restos milenarios, ya que ninguna cultura precolombina americana conoció el uso de carros con ruedas.

Debido a que Rosa mantenía amistad y comunicación conmigo en España, me envió algunas de las fotos que tomó sobre las extrañas marcas talladas en roca volcánica, sabiendo el interés que yo tenía al respecto estudiando esas rodadas milenarias por varias partes del mundo. He llegado a la conclusión —junto a investigadores como el geólogo ruso de la Universidad de Moscú, Alexander Kolpytin, y el ingeniero de caminos italiano Alberto Donini, que llevan años estudiando rodadas similares en tamaño y características en la isla de Malta, Turquía, España, isla de Cerdeña, Azerbaiyán, China, Japón, la India y otros países más— de que dichos restos tienen muchos miles de años de antigüedad, pudiendo remontarse hasta un millón o más de años.

Concluimos que esas marcas fueron realizadas por una civilización muy avanzada en el pasado y que no fueron hechas por carros tirados por bestias, sino por máquinas mecánicas y orugas con cadenas, por estar estas cerca de las rodadas con la misma antigüedad que las que hemos encontrado en España, Italia, Malta, Turquía y, curiosamente, en el municipio de Curahuara de Carangas en Bolivia, junto a otros lugares más. Esto demuestra que esa antigua civilización también estuvo en América, destacando las extraordinarias rodadas o cart ruts (como se conocen arqueológicamente) de río Mulatos, en el municipio de Uyuni y a varios kilómetros del pueblo del mismo nombre en el departamento de Potosí, las cuales descubrimos y dimos a conocer un grupo de investigadores que viajamos estos tres últimos años a Bolivia. Estuvimos en la provincia de Pacajes, en dos lugares del municipio de Curahuara de Carangas, cerca del pueblo de Turco, en la zona del salar de Coipasa y en las que dimos a conocer este año en río Mulatos. Todas están situadas a un promedio de 4.300 metros de altitud, sumadas a las que ubicamos en la provincia de Espinar en Perú y las de Barrancas en Jujuy, al norte de Argentina; estas últimas son de las más extraordinarias del mundo, junto a las de río Mulatos, la isla de Malta y Turquía.

Según el geólogo ruso Alexander Kolpytin y el ingeniero italiano de la Universidad de Bolonia, Alberto Donini, quienes han hecho diversas investigaciones en Europa, muchas de esas rodadas se internan por varios kilómetros en el mar, como en Galicia (España), la isla de Malta, las islas Azores en el Atlántico, Escocia y el norte de Francia. Al hacer un estudio geológico sobre la subida del nivel de los mares, demostraron que dichas rodadas fueron hechas cuando no estaban cubiertas por el agua. Esas “máquinas” de ruedas produjeron dichos restos probablemente hace un millón de años cuando, debido a fenómenos geológicos, actividades volcánicas en cadena o el choque de meteoritos sobre el suelo de nuestro planeta, la capa terrestre quedó blanda, como si fuera barro. Al paso de los vehículos, dejaron las marcas de sus ruedas, que van desde los 15 a los 40 cm de ancho y con profundidades que llegan en algunos lados casi a un metro; posteriormente, con el paso de miles de años, las marcas en tierra o barro se endurecieron hasta convertirse en piedra.

Lo que sí tenemos claro varios investigadores internacionales que estamos trabajando al respecto es el interés por saber quiénes hicieron esas rodadas, cuándo y para qué (¿explotaciones mineras de oro, litio, etc.?). Lo que resulta evidente es que la provincia de Espinar en Perú, los municipios de Calacoto, Turco, Curahuara de Carangas, las cercanías del salar de Coipasa y río Mulatos en Bolivia, junto con las rodadas de Barrancas en la provincia de Jujuy al norte de Argentina, fueron testigos de una civilización muy antigua y avanzada que vivía en nuestro planeta, o que vino de «sabe Dios dónde», y que dejó dichos restos arqueológicos hace miles o millones de años a unos 4.300 metros de altitud en el altiplano andino.

Curiosamente, si trazamos una línea imaginaria sobre el mapa desde Espinar en Perú hasta Barrancas en el norte de Argentina, esa línea de casi 700 kilómetros de largo pasa justamente por encima de los ocho lugares de Perú, Bolivia y Argentina donde están talladas sobre suelo rocoso las marcas de una civilización perdida en el tiempo: quizás la carretera panamericana del pasado.

Probablemente el investigador español Pablo Novoa Álvarez viaje nuevamente a Bolivia y Perú dentro de unos meses a presentar su octavo y último libro: KUAYU, TRAS LAS HUELLAS DEL PASADO. En varios de los 52 capítulos de su publicación dedica espacio a las rodadas, entre ellas las de Bolivia y Jujuy en Argentina, y dará varias conferencias sobre ese tema en diversas ciudades de Bolivia y Perú.
Facebook Comments