En las entrañas del sur de Chuquisaca, donde los vientos acarician los valles mesotérmicos y la tierra conversa con quienes la aman, florece el ají nativo. Este no es solo un fruto picante que adorna los platos, sino un ser vivo, un aliado espiritual en la danza de la vida comunitaria. En Padilla, el ají no se cultiva: se cría, se cuida, se conversa con él. Es parte del alma de una tierra que no ha olvidado su lengua ancestral ni su forma de vivir en armonía con la madre tierra.
Este texto, tejido desde el corazón de las comunidades padillenses y con el acompañamiento del Museo Nacional de Etnografía y Folklore (MUSEF), propone mirar el cultivo del ají no como una técnica, sino como un acto sagrado, una expresión viva del uyway, la crianza mutua. El ají, o uchu, nace, crece y se transforma acompañado por las manos de quienes, con saberes heredados, conocen los secretos de la semilla, del agua, de los tiempos. Esta crianza no responde a la ciencia hegemónica ni a la lógica del mercado. Responde a una sabiduría que se gesta en el diálogo con la tierra y en la reciprocidad con el cosmos.
Padilla, tierra de vientos antiguos, está organizada en distritos y comunidades donde las subcentrales agrarias y las autoridades originarias mantienen viva la gestión comunitaria del territorio. En este paisaje, el ají es mucho más que un cultivo: es un legado que huele a historia, a familia, a ritual. Sus variedades, dulces, picantes o semipicantes, no se definen por su forma sino por su memoria: cada una guarda una historia, un sabor, una resistencia.
Cuidar el ají es cuidar el agua, la tierra, el clima, el alma de la comunidad. Por eso, cada práctica, desde la selección de semillas hasta la cosecha y el secado, es un gesto de amor y compromiso. Se usan herramientas artesanales, se respetan los ciclos de la luna, se escucha el canto de los pájaros para saber si es tiempo de sembrar o de cosechar. La ciencia de los abuelos y abuelas se transmite en la ch’ipa, en los consejos, en los silencios que hablan más que mil libros.
El ají se guarda en el corazón de la comunidad, como se guarda el fuego. Se lleva a ferias, se trueca en caminos antiguos, se vende, pero nunca se abandona su esencia. En la ulupica silvestre, en el arivivi escondido, en el ají de color ladrillo que casi se extingue, está la memoria de un pueblo que sigue cultivando su futuro.
Este documento, fruto de una investigación colaborativa entre las comunidades locales y el MUSEF, es más que un catálogo: es un canto de memoria viva, un testimonio del compromiso institucional con la descolonización del conocimiento. Desde su rol como epicentro cultural, el MUSEF acompaña este proceso no solo como observador, sino como aliado activo en la recuperación y difusión de saberes ancestrales que configuran nuestra identidad. Los autores de la investigación Veimar Soto Quiroz y Roger Salazar Paredes, junto al Musef y la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia ponen a disposición de los lectores a través de un código QR el documento.
Revalorar el ají nativo de Padilla es, en el fondo, revalorar una forma de estar en el mundo que desafía la colonización de los saberes. Es abrir paso a una epistemología que no necesita traducción porque nace en la piel, en la tierra y en la comunidad. Que este uchu siga latiendo. Que su picor despierte memorias. Que su semilla siga viajando como viajaron los sueños de nuestros ancestros: con fe, con viento, con raíces.

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