Conocí a Andrés Gómez Vela cuando ambos apostábamos por algo que en ese momento sonaba casi experimental: el periodismo digital. Yo acababa de salir de la UPEA, especializado en comunicación y redes sociales, en tiempos donde Facebook comenzaba a convertirse en un fenómeno social que transformaba la forma de informarnos. Él ya tenía trayectoria como periodista, analista y luego abogado, pero buscaba un nuevo espacio para decir lo que otros callaban.
Por: Tonny Lopez
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Él tenía la idea, la visión editorial, la claridad política; yo aportaba el conocimiento técnico y estratégico en informática y redes sociales. Éramos un medio de presupuesto cero, pero con una convicción enorme. Y lo logramos: nuestras publicaciones movían agenda, incomodaban al poder y, más de una vez, hacían temblar al gobierno de turno.
Fueron años intensos. Aprendí disciplina, rigurosidad, ética. Aprendí que el periodismo de investigación no es gritar más fuerte, sino sostener pruebas. Andrés repetía algo que se me quedó grabado: “El periodista no está para servir al poder, sino para vigilarlo”. Y lo practicaba.
En medio de ese trabajo llegaron invitaciones para que él ingresara a la política o aceptara cargos públicos. Andrés, las rechazó. Decía que su lugar estaba en el periodismo, que desde ahí podía denunciar irregularidades y contar las bondades de la gestión pública con independencia. Era coherente con su discurso.
Con el tiempo yo dejé el proyecto, pero me quedé con una idea que maduró durante años: alguien como él debía entrar a la política. No para servirse del Estado, sino para entenderlo desde adentro. Para conocer cómo se negocia, cómo se administra, cómo se pervierte —y cómo se puede corregir— la función pública. Porque en todos estos años vi gobernaciones pasar de mano en mano sin un cambio estructural real. Vi autoridades salir fortalecidas económicamente, pero no vi transformaciones profundas para nuestro departamento de La Paz.
Andrés siempre hablaba con gratitud de esta tierra. Llegó desde Pocoata, en Potosí, siendo niño. Aprendió a amar La Paz, a tocar el charango, a debatir identidad, principios y valores. Habla quechua con orgullo. Nunca negó su origen. Siempre entendió que la identidad no es un discurso, es una práctica.
Hace poco le pregunté por qué ahora, después de tanto tiempo, decidió postularse a la Gobernación. Me respondió con la misma serenidad con la que analizaba la coyuntura en radio y televisión: “Si no damos el paso, otros lo seguirán usando como botín político”. Y me convenció.
Hoy está en campaña para la Gobernación de La Paz. Y yo, que lo vi trabajar desde el periodismo independiente, sé de su disciplina, su seriedad y su ética. Sé que hay inteligencia en su entorno, compromiso en su equipo y un elemento humano profesional que lo acompaña.
Gane o no gane, estoy seguro de algo: su compromiso con La Paz no es electoral, es personal. Y en tiempos donde la política parece un espacio de cálculo y conveniencia, eso marca diferencia.
Estamos en elección. Y cuando se trata de elegir, no basta con el discurso más fuerte o la promesa más grande. Hay que mirar la trayectoria, la coherencia y la convicción.

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