La última vez que lo vi, el país ardía. Los hechos posteriores a las elecciones de octubre, la quema de los PumaKatari, el incendio de viviendas, la persecución política. Su casa fue atacada. La de mi amiga Casimira Lema también. Fueron días de tensión, miedo e incertidumbre tras la salida de Evo Morales. Después de eso, desapareció del escenario público. Y yo no volví a verlo.
Por: Tonny Lopez
Cuando abrió la puerta, tardé unos segundos en reconocerlo. Ya no tenía bigote.
—El bigote le da identidad— le dije apenas nos sentamos.
Sonrió. Sabía exactamente a qué me refería. No era una cuestión estética. Era símbolo. El Waldo que conocí —docente en aquel diplomado de derechos humanos en la Fundación Líder, el candidato a rector al que apoyé en la Universidad Mayor de San Andrés, el hombre que ganó la rectoría y luego enfrentó tormentas políticas— siempre llevó ese rasgo como marca personal. Sin él, parecía otro. Era él, pero no era el Waldo Albarracín que yo había conocido.
Waldo Albarracín Sánchez no necesita presentación extensa en La Paz. Abogado, académico, activista, expresidente de la Asamblea Permanente de Derechos Humanos, exdefensor del Pueblo, exrector de la UMSA, figura visible del CONADE. Una vida marcada por la defensa de derechos humanos, por confrontaciones con el poder y por costos personales altos: amenazas, procesos judiciales, exilio y el incendio de su vivienda en 2019.
La conversación fue larga. Más política que nostálgica.
Me habló de su ausencia del país, de los años en los que se consideró perseguido político durante el gobierno de ese entonces. Me dijo que al regresar encontró una ciudad golpeada, desordenada, con proyectos mal encaminados y una administración municipal que —a su juicio— perdió rumbo.
—Encontré a La Paz en estado catastrófico tras mi llegada a Bolivia— afirmó con tono firme.
Su diagnóstico es claro: recuperar la institucionalidad. Dice que hoy la Alcaldía padece burocracia excesiva y espacios permeables a la corrupción. Su propuesta central es atacar los problemas estructurales desde el primer día.
Uno de sus ejes más desarrollados es el transporte. Habla de “metropolizar” el sistema: integrar rutas, coordinar municipios, unificar el servicio del PumaKatari y el Teleférico bajo un esquema articulado.
—Un ciudadano que sale de Mecapaca debería, con un solo ticket, tomar un PumaKatari, luego el Teleférico y llegar a su destino sin fragmentación ni abuso— explicó.
Mientras hablaba, pensé nuevamente en el bigote.
Recuperarlo sería sencillo. Bastaría dejarlo crecer unas semanas. Volvería esa imagen que muchos identifican: el defensor firme, el rector combativo, el activista frontal.
Pero recuperar la ciudad no es cuestión de semanas.
La Paz necesita algo más que símbolos. Necesita gestión, coordinación metropolitana, transparencia real y un proyecto que convoque a todos. Porque la ciudad no se reconstruye desde una sola oficina ni desde un solo liderazgo. Se reconstruye desde la corresponsabilidad ciudadana.
Al despedirme, volví a mirarlo con atención. Tal vez el bigote vuelva. Tal vez no. Pero si decide acompañarlo nuevamente y esta vez por la Alcaldía, el desafío no será estético ni personal.
Será colectivo.
Recuperar la identidad puede ser sencillo. Recuperar La Paz es un trabajo de todos.

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