Aunque los portavoces del evismo justifican estos bloqueos como una defensa de la canasta familiar, la percepción es que es una estrategia política para consolidar la candidatura de Evo Morales y frenar sus procesos legales. Las acciones parecen responder principalmente a intereses personales, motivados por el deseo de Morales y su círculo cercano de recuperar el poder. Este es el verdadero conflicto dentro del MAS: una disputa entre exfuncionarios y actuales funcionarios que ven al Estado como un recurso para beneficio propio, y están dispuestos a utilizar cualquier medio para alcanzar sus fines
Los bloqueos de caminos se habían estancado, volviéndose incluso contraproducentes, ya que absorbían el descontento que originalmente estaba dirigido al gobierno por la crisis actual. Quintana afirmó que “los bloqueos se alimentan a través de sangre (la sangre del indio)»; tal vez se esperaba violencia para usar, una vez más, el dolor indígena como bandera. Sin embargo, esa violencia no se materializó y la única imagen directa de brutalidad fue la de un policía mutilado en una pierna por un cachorro de dinamita.
El tiempo se convirtió en un factor crítico para el evismo. La candidatura de Morales, debilitada por denuncias de estupro, parecía depender de un cambio en el gobierno actual; de ahí las demandas de renuncia de Arce y Choquehuanca, y la posibilidad de una sucesión de Andrónico o un adelanto de elecciones. Sin embargo, estas opciones parecen cada vez más improbables, tanto por la baja probabilidad de reelección de Andrónico en el senado como por el escepticismo popular ante un adelanto electoral, ya que la población busca evitar más inestabilidad en medio de la crisis.
En este contexto, hoy se ha difundido un video que muestra un supuesto atentado contra Evo Morales, un suceso extraño que deja varios interrogantes sin resolver. Como en otras ocasiones, han surgido dos narrativas: la del atentado y la del autoatentado, generando diferentes interpretaciones. Se analizan detalles como el ángulo de las balas en el vehículo, la herida del chofer, los promontorios de tierra despejados para una posible persecución y la evacuación de personas en helicóptero, o por qué se resguardaron las supuestas camionetas que atentaron con la vida de Morales en un recinto militar para luego ser quemadas, etc.
Si bien analizar los acontecimientos por sí solos genera dudas e interrogantes, resulta más revelador examinar las reacciones. El exministro Quintana solicitó asilo internacional para que Morales pudiera salir de Bolivia. Arce, después de un prolongado silencio de siete horas, emitió un comunicado anunciando una investigación del incidente. Sin embargo, ni el Ministerio de Gobierno ni el de Defensa ofrecieron explicaciones claras sobre el hecho o sus implicancias. Extrañamente, tras el atentado, Morales continuó con su programa dominical de radio desconcertantemente tranquilo, incluso bromeando con su interlocutor y luego ofreciendo una conferencia de prensa; una reacción muy distinta a la tensión que mostró en 2019.
En este escenario, Morales ha logrado desplazar la atención sobre las denuncias en su contra. El anuncio del periodista Alejandro Entrambasaguas de presentar una investigación sobre casos de presunta pedofilia relacionados con Morales quedó relegado a un segundo plano. Aunque la investigación en sí misma no aporta información nueva, el objetivo de desviar la conversación fue cumplido. Este giro narrativo permite a Morales retomar su estrategia de victimización y mejorar su imagen internacional, deteriorada por las recientes acusaciones, mientras recibe mensajes de solidaridad.
Sin embargo, más allá de si fue un atentado real o un autoatentado, los acontecimientos revelan la cara más oscura de una lucha por el poder, donde cualquier medio parece justificable. Las preguntas que emergen son inquietantes: si fue un atentado real, ¿Tuvo el gobierno participación directa? Y si fue un autoatentado, ¿fue una operación exclusiva del evismo o existió coordinación con sectores del gobierno? Las respuestas a estas interrogantes podrían revelar no solo la profundidad de la fractura en el partido gobernante, sino también el grado de deterioro en la política boliviana.

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