Con esa curiosidad, decidí ir a Patacamaya, uno de los puntos de comercio conocidos de autos indocumentados. Desde la ciudad de El Alto, el viaje no tarda más de una hora. El camino es el mismo de siempre: la tranca de Achica Arriba, el altiplano abierto y, al fondo, el poblado que cada domingo bulle de ferias.
Al llegar, la primera impresión fue de decepción. Mucho polvo, desorganización de la feria. Lo que se muestra en algunos medios de comunicación y videos de TikTok no son reales —camionetas brillantes, vagonetas casi nuevas entrando desde Chile— poco tiene que ver con la realidad. La feria de Patacamaya está repleta de autos castigados por el tiempo: parabrisas rajados, carrocerías golpeadas, motores que suenan a desgaste, otros que se les sale el aceite. Un 90% de los vehículos que se ofertan son con alto kilometraje, desgastados, destartalados y en muchos casos, simplemente chatarra con ruedas, pero andan.
No vi autos de alta gama ni camionetas en buen estado. Nada que valiera la pena comprar, ni siquiera con la esperanza de una futura legalización. La imagen de Patacamaya como “el paraíso de los autos chutos” parece más un mito inflado que una realidad.
Al final del recorrido, con el polvo del mercado todavía pegado en los zapatos, me quedó claro: no vale la pena ir a Patacamaya en busca de una movilidad chuta. La próxima semana probaré suerte en Challapata, otro de los centros de comercio más nombrados de vehículos indocumentados. Tal vez allí el panorama sea distinto.

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