Ya solo quedan cerca de 2.000 pero los pobladores del municipio Uru Chipaya conservan su lengua, sus costumbres y tradiciones y, en gran medida, su arquitectura e ingeniería agrónoma.
El origen de esta milenaria civilización, data de aproximadamente 7522 años, considerada la más antigua de la región y una de las que mejor ha conservado su cultura pese al paso del tiempo.
Los urus son una nación indígena originaria que conforman el territorio de Bolivia. Hoy, esta civilización trasciende las fronteras delimitadas tras la conquista española. Tres grupos de la nación Uru —los Uru Chipaya, Uru Murato y Uru Iruito— habitan territorio boliviano, en el departamento de Oruro, ubicado en el margen occidental del país.
Los Urus señalaron al agua como su espacio vital. Pescadores, cazadores de aves acuáticas y navegantes, ellos eran “los hombres del agua” y el resto “los hombres de tierra”. De hecho, “gotsuni” traducido del idioma uru significa “hombres del agua”. Es por ello que, durante siglos, su presencia se consolidó en torno a los lagos Titicaca y Poopó, el río Desaguadero y lo que hoy es el salar de Coipasa (otrora zona lacustre).
Se calcula que aparecieron producto del proceso de glaciación, cuando se fueron generando pequeños lagos y terrenos habitables, aproximadamente en los años 5.500 antes de nuestra era. Documentos españoles de 1580, mencionados por Callisaya, Salazar y Ortiz, los citan entre las tres etnias más significativas del altiplano, junto a aimaras y quechuas. Según el censo del virrey Toledo de 1573, casi 80 mil urus habitaban la región, representaban el 24,3 por ciento de la población indígena. Pero, en el curso del siguiente siglo, españoles, aimaras y quechuas fueron responsables de un genocidio contra el pueblo Uru. En 1697, sólo se contabilizó alrededor de 6.400 Urus, casi el 92 por ciento de la población había sido exterminado.
Como sucedió con aimaras y quechuas, fueron los cronistas quienes también registraron la forma de vida de los urus. A diferencia de estos pueblos, los urus no estaban abocados a la siembra y la ganadería, sino a la pesca; por lo que su capacidad de aportar a los sistemas de servicio impuestos por la colonia era reducida y se vieron en la necesidad de incorporarse a otras actividades económicas.
“Como su eje era más lacustre, desde el norte del lago Titicaca (La Paz) hasta el sur del Poopó en el salar Coipasa (Oruro), eran pescadores, por lo que su retribución (a la corona) era mínima y esto los marginaba y eran mal vistos”, añade Salazar.
Con el paso del tiempo, esta agregación cultural se tradujo en un mestizaje, que conllevó a la disminución de la población uru. Muchas comunidades asentadas en inmediaciones del Titicaca ya no se reconocen como miembros de esta nación. Según el padrón de Toledo, la región tributaria de los urus contaba con al menos 80.000 pobladores. Cerca de 500 años después, el censo de población y vivienda de 2012 contabilizó únicamente 2.003 personas (1.005 hombres y 998 mujeres).
Pero los Urus Chipaya son, quizá, el grupo que mayor visibilidad ha tenido a lo largo del tiempo por la trascendencia de sus costumbres y tradiciones. En el municipio indígena de Chipaya habitan entre 30 y 40 familias, “que están en un constante ir y venir”, explica el experto. La causa es la necesidad de generar recursos para su supervivencia, pero en algunos lugares de este territorio pareciera que el tiempo se ha detenido.
“Nosotros nos mantenemos firmes para mantener nuestra cultura y nuestro idioma. Y no creo que se pierdan, tenemos nuestro vocabulario y nuestros libros para enseñarle a los niños nuestra lengua”, dice Édgar Lázaro, cuyo trabajo, desde el complejo turístico, consiste también en promocionar a su pueblo.
«LOS HOMBRES DEL AGUA”
Salazar afirma que cierta terminología y algunos denominativos que todavía emplean los adultos se van perdiendo o mezclando con el aimara o el castellano, pero aun así protegen su lengua; el que sus maestras y maestros sean originarios del lugar les resultó favorable. “Gracias a las políticas de los chipayas, las clases se imparten en su idioma originario, el Taqu Jas-shoni o idioma de los hombres del agua. Y esa es una gran ventaja porque los niños aprenden muy rápido”.
Cerca de 206 kilómetros separan a la ciudad de Oruro del municipio de Chipaya; el viaje por carretera y camino de tierra dura unas tres horas y al llegar ya pueden divisarse sus particulares viviendas, que destacan de entre las más modernas, que comienzan a proliferar peligrosamente.
Construidas en forma circular con adobes y techos a dos aguas, sus puertas apuntan siempre hacia el este para el ingreso del sol. Por lo general el diámetro es de solo dos metros. El material, la forma, el tamaño y la ubicación son una combinación de arquitectura e ingeniería milenaria para protegerse del intenso frío del altiplano, que en esa región puede llegar a recrudecer y alcanzar hasta 15 grados bajo cero durante el invierno.
Esa misma estética se expresa en su vestimenta. El sombrero de los varones, hecho de lana de oveja en color blanco, también es de forma circular y, por lo general, va por encima de un chullo o gorro que les abriga las orejas. El pantalón es de bayeta y el tradicional poncho, que les cubre la parte superior, se ata a la cintura con una soguilla. Las abarcas y una chuspa o bolso típico son otra de sus características.
Las mujeres también usan un gorro tradicional, lo llaman Uncuña y termina en punta; gracias a su forma y su tejido, con él se cubren del sol y del frío indistintamente. Un Axsu o vestido de lanilla con puños de color verde o azul cubre sus cuerpos, y coloridas fajas adornan su cintura. Su cabellera va casi siempre trenzada y distingue a las solteras de las casadas y a quienes ejercen cargos de representación.
Aquellas sin compromiso llevan decenas de trenzas delgadas, mientras que las casadas y las autoridades lucen un trenzado más grueso. “Las mujeres mantenemos nuestra cultura y la vestimenta, nuestra trenza significa que somos autoridades, comparte orgullosa, Delia Mamani, de 39 años de edad y Mama T’alla (autoridad) del ayllu Aransaya.
Doña Delia cuenta que entre sus responsabilidades tiene a su cargo organizar a los comunarios para desarrollar varios trabajos. Son, precisamente las mujeres, quienes suelen quedarse a cargo del pueblo una parte del año, cuando un numeroso grupo de varones migra a Chile, por su cercanía, para trabajar a contrato en grandes sembradíos o dedicarse al comercio.
Las mujeres también se dedican al comercio, pero de los frutos que dan sus tierras. Quinua, papa y cañahua crecen en sus sembradíos. Dependen de las aguas del río Lauca y durante la temporada de lluvias amplían sus áreas de siembra, en especial para la producción de quinua, con la apertura de sendas. Los urus han heredado habilidades para el manejo hidráulico aprendidas durante la colonia.
Y hace un tiempo, los pobladores han puesto también su esperanza en el turismo. Reciben a los visitantes en una especie de condominio conformado por viviendas tradicionales y son los propios comunarios quienes proveen de alimentos y visitas guiadas a los viajeros. Édgar Lázaro cumple aquí varias responsabilidades.
Como retrata con gran belleza la obra maestra del cineasta Jorge Ruiz “Vuelve Sebastiana” (1953), los Urus fueron siempre menospreciados y cercados por los Aymaras. Desde el comienzo de la colonia hay coincidencia en que su lengua original era el puquina (Palomino), aunque hay investigadores que marcan diferencia entre esa lengua y la que ellos hablan, el Uruquilla, la misteriosa lengua atribuida a los tiahuanacotas y al idioma secreto de los incas, tuvo su origen en el universo Uru-Chipaya”, según el documento publicado el 18 de marzo de 2013, por Carlos Mesa Gisbert.
El catolicismo se impuso en su territorio, creen en santos —cada año celebran las fiestas de la Virgen de la Candelaria y el Tata Santiago— y sus nombres están muy influenciados por personajes bíblicos, como el de Édgar Lázaro. No obstante, preservan tradiciones ancestrales de agradecimiento al Apu o montaña de donde fluye el agua, y al Sirinu, un ser que mora en quebradas, arroyos y manantiales y es protector del agua.
A ambas deidades “entregan sacrificios, como la sangre de ovejas, en rituales liderados por sus autoridades, el Jach’a Mallku y el Jisk’a Mallku. Pero la gran fiesta es en Carnaval donde se funden lo religioso y lo mundano”, apunta Salazar.
Por ahora, en el ámbito local, buscan el desarrollo bajo el modelo de gestión de municipio indígena, pero desde 2018 están en transición a la que podría llegar a ser la Autonomía Indígena Originario Uru Chipaya, reconocida por la constitución boliviana desde 2009.
Esta condición consiste en el autogobierno y la libre determinación de las naciones y los pueblos indígenas originarios, cuya población comparte territorio, cultura, historia, lenguas y organización o instituciones jurídicas, políticas, sociales y económicas propias.
“Están en proceso de una autonomía indígena, pero esto tiene que ver con la autosostenibilidad y aún no hay condiciones económicas”, indica Ladislao Salazar.
La gestión urge en este sentido. Los miembros de esta nación anhelan mantener su identidad. No le temen al progreso, pero sin una política clara, este podría convertirse en una amenaza a su lengua, su arquitectura, sus tradiciones y costumbres.

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