Hoy es uno de los 18 candidatos a la Alcaldía de El Alto. Postula por el Movimiento Por la Soberanía (MPS) y su idea central es clara, casi obsesiva: destapar la corrupción que, asegura, marcó a las anteriores gestiones municipales. Lo dice sin rodeos, con la convicción de quien cree conocer el sistema desde adentro.
Mientras conversamos, retrocede en el tiempo. Nació en Machaca Marca, provincia Aroma Norte, departamento de La Paz. Llegó a El Alto en 1990, desde el campo, con poco más que esperanza. Esta ciudad no solo lo recibió: aquí se quedó, aquí formó su familia y aquí construyó su camino técnico, profesional y político.
Estudió primero en su comunidad y terminó el colegio en el Julián Apaza, en la zona 16 de Julio. Recuerda las noches largas, cuando salía de clases y caminaba hasta Rosas Pampa, sin dinero, solo con el frío y la determinación de llegar a casa. “Pasé hambre”, dice, sin dramatizar, como quien ya hizo las paces con su pasado.
Antes de la política, hubo oficio. La alegría llegó el día que compró su primera máquina Broder para tejer chompas de alpaca; luego, con la obtención del título de mecánico industrial en el colegio Don Bosco. Más tarde vendrían la abogacía y la maestría en Derecho Constitucional, herramientas que —asegura— le permitieron entender cómo funciona, y cómo se deforma, la administración pública.
Entre 2006 y 2010 fue diputado nacional por El Alto, electo en 2005 por el Movimiento al Socialismo (MAS) en la Circunscripción 14. Hoy está lejos de ese partido y apuesta por su propio proyecto político. En su recorrido fue asesor en gestión pública en distintos municipios, experiencia que, según él, le permite identificar las fallas estructurales del Estado municipal.
Habla también de su vida personal. Está casado con Julia Mamani, es padre de seis hijos y abuelo de una nieta. Su familia sostiene una pequeña panadería, un negocio de pan, galletas, tortas y otros productos de harina que —dice— lo mantiene conectado con la realidad diaria de El Alto, lejos del escritorio y la burocracia.
Cuando la conversación gira hacia la política local, el tono se vuelve más duro. Señala a José Luis Paredes, Fanor Nava, Edgar Patana, Soledad Chapetón y a la actual alcaldesa Eva Copa. Habla de nepotismo, burocracia y corrupción como prácticas que frenaron el desarrollo de la ciudad. Para él, El Alto fue abandonada en planificación y gestión, y los procesos judiciales que enfrentaron exalcaldes forman parte de esa historia inconclusa.
Dice que quiere ser alcalde para devolverle algo a la ciudad que lo formó. El Alto no debe seguir siendo —insiste— un apéndice de La Paz ni un simple lugar de alojamiento. Cree que su conocimiento en administración pública puede ayudar a romper ese patrón.
El café se termina, la gente sigue pasando por La Ceja y la ciudad mantiene su ritmo imparable. Óscar Chirinos se levanta convencido de que puede ser la excepción en una larga lista de alcaldes marcados por escándalos. El tiempo dirá si esta historia será distinta o si El Alto volverá a escribir el mismo capítulo, con nuevos nombres y viejas promesas.

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